Solo no se puede
- fernando torres mejia

- hace 1 día
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A pocas semanas de la primera vuelta presidencial, el candidato Abelardo de la Espriella enfrenta una contradicción que puede resultarle costosa: quiere gobernar sin los políticos, pero necesita de ellos para llegar al poder.
La más reciente encuesta del Centro Nacional de Consultoría ubica a De la Espriella en el tercer lugar, con un 15,4% de intención de voto, por debajo de Iván Cepeda (34,5%) y Paloma Valencia (22,2%). Su movimiento logró un resultado notable en las elecciones legislativas, con más de 700 mil votos que le aseguran 4 curules en el Senado. Pero eso, siendo un logro, no es suficiente para aspirar a la Casa de Nariño.
Y aquí está el problema de fondo: en Colombia, nadie ha llegado a la presidencia sin el respaldo de los partidos tradicionales. No es un capricho, es una realidad estructural. Los partidos controlan maquinarias territoriales, movilizan votos en regiones donde los candidatos independientes apenas tienen presencia y, lo más importante, representan millones de sufragios que en una elección fragmentada pueden definir el paso a segunda vuelta.
El analista Sergio Guzmán, de Colombia Risk Analysis, ha sido enfático: tras las elecciones legislativas, los votos más cotizados serán los de los partidos tradicionales, que en conjunto mueven entre 4,8 y 5,6 millones de sufragios. Esa bolsa de votos, repartida entre liberales, conservadores, Cambio Radical y el Partido de la U, será el botín político más disputado en las próximas semanas.
El candidato ha dicho, con razón, que no quiere aliarse con quienes han permitido la corrupción o el avance del terrorismo. Pero aquí surge la pregunta que él mismo formula, y que merece una respuesta sincera: cuando dice que hay políticos buenos y políticos malos, ¿cómo sabe quiénes son unos y quiénes otros?
Porque el problema no es menor. El universo de congresistas es amplio (108 senadores, 188 representantes), y en su inmensa mayoría, como él mismo lo ha señalado, tienen precio. La historia reciente nos ha dado ejemplos dolorosos de otras personas que, si bien es cierto, no fueron congresistas, hicieron parte de la Corte Suprema de Justicia. José Luis Barceló, Gustavo Malo, Leónidas Bustos, Francisco Javier Ricaurte. Nombres que evidencian que la corrupción no distingue partidos ni ideologías. Entonces, ¿cómo distinguir al honorable del corrupto? ¿Con qué criterio selecciona a los “políticos buenos” si, como él mismo dice, casi todos se dejan comprar?
Esa es una paradoja que no se resuelve con declaraciones. La política colombiana opera bajo lógicas que trascienden las buenas intenciones. Los partidos tradicionales, aunque debilitados, siguen siendo actores decisivos. Perdieron curules en el Senado, pero aun así suman decenas de congresistas que, en una segunda vuelta, pueden inclinar la balanza.
Aquí viene la advertencia que muchos en la derecha prefieren no escuchar: los políticos que De la Espriella rechaza no van a desaparecer. Van a buscar dónde aterrizar. Si no es en su campaña, será en la de Paloma Valencia, que ya ha mostrado disposición a recibirlos sin comprometer cargos, o incluso en la de Iván Cepeda, que acaba de sumar a su campaña al exministro Juan Fernando Cristo, un político tradicional con larga trayectoria.
El ministro del Interior, Armando Benedetti, lo resumió con crudeza: “No se puede hacer política sin políticos”. Es una afirmación incómoda para quienes aspiran a ser la alternativa independiente, pero refleja una realidad ineludible. Los partidos ya están moviendo sus fichas. En Cambio Radical, en el Partido de la U, en el Conservador, las discusiones internas giran en torno a cómo definir su apoyo, y la negativa de De la Espriella ha acercado a varias de estas colectividades a la campaña de Valencia.
Ojalá Colombia pudiera elegir un presidente sin el peso de los partidos tradicionales, sin las exigencias de los politiqueros, sin la lógica del mercado persa. Ojalá la voluntad popular fuera suficiente para llegar al poder sin tener que negociar con quienes, como él mismo dice, han sido cómplices de lo que critica. Pero ese no es el país que tenemos. No todavía.
La decisión de mantenerse firme es respetable. Pero debe saber que, con ella, no solo cierra la puerta a los políticos que rechaza, sino que los empuja hacia sus adversarios. Y en una elección tan polarizada, con una izquierda que ya demostró su capacidad de movilización (4,4 millones de votos en el Senado), regalar votos a la otra opción de derecha o incluso al centro puede significar que, por tercera vez consecutiva, la presidencia quede en manos del progresismo.
No se trata de claudicar principios. Se trata de entender que en democracia se gobierna con los que se tiene, pero se llega al poder con los que se suman. Si se rechaza a todos los políticos, el riesgo no es solo no llegar. Es que quienes lleguen sean precisamente aquellos a los que se quiso combatir, por eso solo no se puede.
Efectivamente Abelardo de la espriella está cometiendo algunos errores que debe subsanar rápidamente si quiere sumar votos para su campaña. Debe rápidamente cambiar su discurso y alabar la ayuda que pueden darle los partidos políticos tradicionales y no tradicionales.