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"Negar para gobernar, la estrategia de los petristas para llegar al poder"

  • Foto del escritor: fernando torres mejia
    fernando torres mejia
  • 22 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

En el teatro de la política colombiana se repite un espectáculo predecible: la amnesia estratégica de quienes, habiendo sido pilares del gobierno Petro, hoy pretenden reescribir su pasado como si se tratara de un mero borrón y cuenta nueva. La actual campaña presidencial nos muestra cómo varios precandidatos que ocuparon altos cargos en esta administración, o que fueron esenciales para su victoria, ahora buscan distanciarse del mismo barco que ayudaron a navegar, confirmando que la estrategia parece ser clara: negar para gobernar.

Roy Barreras, quien no solo fue presidente del Congreso, sino uno de los artífices legislativos del petrismo, hoy parece querer distanciarse del "establishment" que él mismo ayudó a dirigir. Mauricio Lizcano, exministro TIC, proyecta una imagen renovada que busca opacar su pasado como funcionario de la administración que ahora critica. Pero el caso más emblemático quizás sea el de Luis Gilberto Murillo: como canciller de Colombia, mostró una inquietante ambigüedad frente a la cuestionada legitimidad democrática del régimen de Nicolás Maduro, un posicionamiento que hoy parece haber quedado fuera de su narrativa.

Este fenómeno no se limita a quienes vistieron la camiseta oficial. Claudia López, exalcaldesa de Bogotá, fue una voz crucial en la elección de Petro, un respaldo que hoy parece un eco lejano en su propio proyecto nacional. Daniel Quintero, el exalcalde de Medellín, representa quizás el caso más claro de este cálculo oportunista: utilizó al Pacto Histórico como plataforma para participar en la consulta del 26 de octubre, y al no conseguir su objetivo y terminada su participación, no dudó en distanciarse del presidente.

El patrón es evidente y se repite hasta en las dinámicas internas del Congreso. El presidente de la Cámara de Representantes, Julián López, construyó su carrera política con el apoyo decidido de Dilian Francisca Toro, solo para convertirse después en su crítico más feroz. Estas no son simples reconfiguraciones de alianzas, sino intentos deliberados de construir ficciones biográficas donde el pasado se edita según las conveniencias del presente.

Lo más preocupante de esta estrategia no es su falta de originalidad, sino lo que revela sobre la cultura política que predomina en ciertos sectores: las lealtades, los principios y las trayectorias son negociables, sujetos al termómetro de las encuestas. Erosiona la ya frágil confianza que los ciudadanos depositan en sus instituciones y representantes. Cada vez que un político reniega de su pasado, envía un mensaje claro: su palabra vale menos que sus ambiciones.

Frente a este panorama, nos preguntamos: ¿qué valor tiene la palabra de un político que hoy niega lo que ayer defendió? ¿Qué garantías ofrece quien reniega de sus antiguos aliados? La verdadera madurez democrática de un país no se mide por la habilidad de sus líderes para reinventarse, sino por la capacidad de sus ciudadanos para recordar. La próxima vez que un candidato hable de cambio y renovación, vale la pena preguntarle: ¿y usted dónde estaba cuando se tomaban las decisiones que hoy critica? ¿A quién apoyaba cuando necesitaba votos?

Estos casos nos muestran que en la política colombiana actual, negar para gobernar se ha convertido en una estrategia calculada. Los ejemplos son múltiples y variados, pero todos apuntan en la misma dirección: el oportunismo como bandera. Cuando las encuestas reflejan el desgaste del gobierno, los que se beneficiaron de su llegada al poder corren a marcar distancia. Cuando las mayorías cambian, los principios se adaptan. Cuando conviene, la memoria falla.

Sería ideal pensar que la inteligencia colectiva del electorado, con su larga memoria para recordar alianzas, discursos y traiciones, es el factor decisivo. Sin embargo, esta fuerza choca con una realidad igual de poderosa: la de aquellos que, ya sea por olvido, desesperanza o necesidad, son susceptibles de intercambiar su voto por promesas efímeras o migajas inmediatas. El resultado electoral no es solo una prueba de memoria, sino un pulso constante entre la conciencia ciudadana y las prácticas que buscan socavarla.

Al final, el mensaje que estos políticos envían es claro y preocupante y se ha convertido en la estrategia predilecta de los petristas para llegar al poder. Les corresponde a los colombianos demostrarles que la memoria colectiva es más fuerte que el olvido conveniente. Que en las urnas, la coherencia vale más que la conveniencia. Que se necesitan líderes con convicciones, no oportunistas, con calculadora. 

La democracia exige políticos que construyan sobre principios, no que renieguen de su pasado. Ciudadanos que premien la coherencia, no el oportunismo. Gobernar debe significar honrar la palabra dada, no reescribir la historia. El cambio verdadero no está en negar quiénes fuimos, sino en construir con honestidad quiénes aspiramos ser, rechazando la práctica que hoy prolifera: negar para gobernar, la estrategia de los petristas para llegar al poder.

 

 

 

 

 
 
 

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