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Mensaje directo y contundente para los colombianos desde Oslo

  • Foto del escritor: fernando torres mejia
    fernando torres mejia
  • 13 dic 2025
  • 4 Min. de lectura

Las recientes intervenciones de Ana Corina Sosa, hija de María Corina Machado, y de Jorgen Watne Frydnes, presidente del Comité Noruego del Nobel, ofrecen más que simples declaraciones de solidaridad. Constituyen un espejo discursivo en el que naciones como Colombia deberían mirarse con urgencia, no para copiar modelos, sino para extraer la advertencia central que emana de la tragedia venezolana: los sistemas democráticos no colapsan de un día para otro; son desmontados pieza a pieza por líderes que, tras un relato de victimización y promesa redentora, concentran poder hasta ahogar las libertades.

El discurso de Ana Corina Sosa, cargado de emotividad y denuncia de la persecución política, es un recordatorio lacerante de la narrativa inicial que precede a la crisis total. En Venezuela, hace dos décadas, no se vendió una dictadura abierta; se vendió, ante un electorado hastiado, la figura del salvador que encarnaba la justicia histórica, el líder víctima de las élites que solo él podía derrotar. El paralelo con ciertos discursos que hoy circulan en la campaña colombiana no es casual, sino causal. El patrón es reconocible: la construcción de un "ellos" monolítico (la oligarquía, el establecimiento) contra un "nosotros" puro y agraviado, representado por una figura carismática que se autoproclama única vocera legítima del pueblo. Este es el caldo de cultivo retórico que después justifica saltarse controles, desacreditar instituciones y polarizar hasta convertir al contradictor en un enemigo de la patria que debe ser anulado.

Por su parte, la declaración de Frydnes, al enfatizar la defensa de los derechos humanos y la necesidad de un "proceso político" para Venezuela, señala indirectamente el costo geopolítico de la implosión democrática. Noruega, como facilitador de diálogos, comprende que la solución no llega cuando el autoritarismo ya ha consolidado todos los poderes. La lección para Colombia es contundente: una vez que se quiebra el equilibrio de poderes y se subordina la justicia, la salida es dolorosa, sangrienta y de décadas. La comunidad internacional puede imponer sanciones, pero no puede devolver a las víctimas sus vidas ni restaurar una democracia plena con solo firmar un acuerdo. El verdadero blindaje es interno: un electorado consciente que identifique y rechace, en la fase electoral, las señales de alarma.

¿Cuáles son esas señales que Colombia debe reconocer?

  1. Un candidato o movimiento que propone que la solución a todos los problemas reside exclusivamente en su liderazgo, y desprecia los mecanismos de pesos y contrapesos como "trampas de la vieja política". Con esto está replicando el manual inicial del autoritarismo. La democracia es un sistema aburrido de procedimientos, no la epifanía de un mesías.

  2. El discurso que se nutre constantemente de agravios, reales o exagerados, para movilizar políticamente, crea un estado de emergencia psicológica permanente. En ese estado, cualquier acción del líder, por extralimitada que sea, se justifica como "defensa" ante un ataque inminente. Se pasa de competir en elecciones a librar una "guerra" donde el adversario es un traidor.

  3. Cuando se ofrecen soluciones simples a problemas complejos (acabar con la corrupción o la violencia en un solo periodo) no es solo ingenuo; es un señuelo. Es la promesa que requiere, para su supuesto cumplimiento, la concentración de un poder extraordinario que inevitablemente choca con los límites democráticos. El que promete el paraíso en la tierra suele construir un infierno en el camino.

El caso venezolano, evocado por sus víctimas y analistas, nos muestra el punto final del camino: hiperinflación, éxodo masivo y represión sistemática. Pero Colombia debe fijarse en el punto de partida: en las elecciones en las que, seducido por un relato de redención y hartazgo, un sector clave del electorado entregó un cheque en blanco a un proyecto de poder personalista.

El mensaje para el ciudadano colombiano, en un contexto de profunda desconfianza, no puede ser de apoyo a una opción específica, sino de defensa preventiva de los principios. Votar no es solo elegir un gobernante para los próximos cuatro años; es revalidar o debilitar el contrato democrático. Es decidir si se fortalecen los organismos de control, la independencia judicial y la libertad de prensa, o si se entregan, gradualmente, a un proyecto que los ve como obstáculos.

La columna vertebral de la democracia no es un líder, por brillante que parezca; es la desconfianza saludable en el poder concentrado y el escepticismo ante quien dice tener la verdad absoluta. La tragedia de Venezuela no es un accidente geográfico; es el resultado de elecciones. Colombia tiene hoy la oportunidad, dolorosamente ilustrada por las voces que claman desde el exilio y la diplomacia internacional, de leer las señales a tiempo. El precio de ignorarlas, como bien lo saben estos testigos, es uno que ninguna sociedad debería estar dispuesta a pagar. La democracia se pierde primero en las urnas, con un voto ilusionado; y se recupera después en las calles, con un sufrimiento incalculable. La elección inteligente es la que evita tener que recorrer ese segundo camino. Este es, en esencia, el mensaje directo y contundente para los colombianos desde Oslo.

 

 
 
 

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