La parálisis de la derecha y el espejismo del centro
- fernando torres mejia

- 21 sept 2025
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El panorama político colombiano se configura hoy bajo el signo de una asimetría alarmante. Mientras el proyecto de izquierda, revestido de impulso tras la elección presidencial de 2022, avanza con una disciplina casi marcial hacia las elecciones de 2026, no solo con la mira puesta en retener el poder ejecutivo, sino en conquistar una mayoría legislativa que consolide su proyecto, el espectro opositor navega en un mar de desarticulación, anacronismo y una peligrosa ingenuidad. Esta disparidad no es meramente táctica; es sintomática de una crisis orgánica profunda que hunde sus raíces en el fracaso de las élites tradicionales para comprender el nuevo carácter de la política nacional.
Por un lado, observamos una coalición de gobierno que, con todas sus tensiones internas inherentes, ha comprendido que la política moderna es la política de la organización. Han construido una maquinaria que opera con un relato claro, una estructura territorial palpable y una estrategia unificada. Su objetivo es trascender la figura del líder carismático para institucionalizar un movimiento, un esfuerzo que, love it or hate it ("te guste o te disguste").
Frente a esto, lo que genéricamente se denomina "derecha" o "centro-derecha" ofrece un espectáculo desolador. Es un archipiélago de egos insulares, donde cada figura presume de ser el capitán de su propio barco, ignorando que se aproxima una tormenta perfecta. Subsisten en la ilusión de que la política se ejerce protegiendo a sus "pollitos" en feudos locales, repartiendo prebendas y reactivando redes clientelistas del pasado. Su lenguaje es arcaico, su estrategia es reactiva y su mayor enemigo no está al otro lado del espectro, sino en su propia incapacidad para trascender el personalismo y construir un proyecto colectivo con un relato de futuro que dialogue con las angustias y aspiraciones del colombiano de hoy. No se trata de una derrota banal; es una derrota intelectual y moral.
En este vacío, emerge con fuerza un fenómeno aún más etéreo y tal vez más pernicioso para la claridad democrática: y es la proliferación de candidatos que se acogen a la etiqueta de "centro". Afirmemos algo con contundencia: el centro, como ideología, es un fantasma. No existe una filosofía política coherente, un conjunto de ideas definidas o una propuesta económica distintiva que se sustente en un "centrismo" puro. En el contexto colombiano actual, el "centro" opera menos como una posición programática y más como una estrategia de marketing electoral, un intento de "desmarcarse" o "desligarse" de unas etiquetas que, se perciben, están quemadas.
Es la política del "ni lo uno, ni lo otro". Una pose de superioridad moral que pretende elevarse por encima de la "polarización", pero que en la práctica no ofrece más que ambigüedad calculada y lugares comunes. Estos actores sienten una vergüenza o una conveniencia por ser asociados con la derecha tradicional o con la izquierda gobernante, pero al despojarse de cualquier definición clara, evaden también la responsabilidad de presentar una alternativa concreta. Al final, cada votante intuye que detrás de esa careta de tecnócrata sensible y apolítico, late un corazón que, en el momento de la verdad, late al ritmo de una opción ideológica definida. Su ambigüedad no sana la polarización; la alimenta al negarse a jugar con las cartas sobre la mesa, contribuyendo a la confusión y al escepticismo generalizado.
Y es aquí donde debemos desmontar el relato simplista. La profunda división que fractura el país no es culpa exclusiva de un gobierno ni de una figura. Es la herencia maldita de décadas de una clase política, sí, la tradicional, que encontró en la polarización su combustible vital. Su modelo de poder siempre se basó en la dicotomía maniquea: nosotros, los "buenos", versus ellos, los "malos". Los buenos o los malos, por supuesto, son siempre aquellos que simpaticen con nuestro proyecto. Este esquema binario, útil para movilizar pasiones y ocultar ineptitudes, ha sido el verdadero obstáculo para la construcción de un proyecto de nación serio.
Mientras la izquierda se organiza con la lección aprendida, y la derecha se disuelve en sus contradicciones y el "centro" juega a no ser nada, el país merece algo más que etiquetas vacías y estrategias del siglo XX. Merece una oposición seria, construida con ideas, no con egos; con propuestas, no con fantasmas. De lo contrario, no solo se condenarán a la irrelevancia, sino que le habrán fallado a la democracia en su momento más crucial. La polarización no se supera negándola, sino ofreciendo una alternativa tan robusta y definida que la vuelva obsoleta, y de eso, hoy, no se ve nada, excepto la parálisis de la derecha y el espejismo del centro.

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