¿El "tigre" será la solución o la fragmentación?
- fernando torres mejia

- 21 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 27 sept 2025

Un tigre es, sin duda, una criatura majestuosa. Encarna la fuerza, la agilidad y un instinto de supervivencia feroz. Es territorial, independiente y determinado. Su lealtad se circunscribe a su “camada”; su espacio y su instinto protector son legendarios. Estas cualidades, trasladadas al ámbito político, son las que algunos pretenden ver en la precandidatura de Abelardo de la Espriella, un depredador político listo para cazar los males de la nación. Pero, ¿estamos ante un auténtico felino del poder o ante una imitación “burda”, como aquellos productos de Temu, que te prometen calidad, pero te llega una réplica fallida?
Hace unos días, les solicité a un grupo de más de 200 personalidades de la vida pública nacional, exministros, periodistas, empresarios, líderes políticos y exmilitares, etc., que me dieran su opinión sobre su candidatura. Las respuestas, agradecidas y reveladoras, pintan un panorama claro; más que un tigre, muchos ven un gato con ambiciones desmedidas.
Sus supuestas fortalezas son, en el mejor de los casos, circunstanciales. Su discurso de “mano dura” encuentra eco en un país ahogado por la inseguridad y desencantado con el gobierno de Petro. Su perfil mediático y su estilo provocador, emulando a Bukele, le dan visibilidad en un ecosistema digital ávido de espectáculo. Podría capturar el voto de nichos radicales que ven al uribismo tradicional como un dinosaurio moderado.
Sin embargo, sus debilidades son estructurales y abismales. La primera es su inexistente experiencia política. Colombia tiene una relación tóxica con los outsiders, se siente atraída por su novedad, pero luego le huye a su improvisación. La historia reciente es testigo de ello. La segunda, y más peligrosa, es su populismo de derecha polarizante. Mientras Petro radicaliza la izquierda, Abelardo parece empeñado en hacer lo propio con la derecha. Su retórica, que apela a un “pueblo ideal” de clases medias y altas enfrentado a las “élites tradicionales” y a las minorías, no suma, sino que divide. En un país que clama por unidad tras el fracaso de los extremos, ofrece más de lo mismo, pero con distinto signo ideológico.
El contexto electoral colombiano es despiadado con los solitarios. La derecha perdió en 2022 por divisiones estúpidas. Hoy, partidos como el Centro Democrático, Cambio Radical, el Partido Conservador, entre otros, tienen sus propias apuestas. Abelardo de la Espriella carece de lo esencial: maquinaria política, curules propias, alcaldes y gobernadores que lo respalden. Sin coaliciones, su camino es un callejón sin salida. Recoger firmas es un ejercicio democrático loable, pero insuficiente para gobernar. Además, mientras su discurso se centra en la seguridad, el electorado, según todas las encuestas, también prioriza la salud y la corrupción. Sus vacíos en propuestas económicas concretas lo dejan en la orilla de los candidatos testimoniales.
Las opiniones recogidas de quienes conocen la arena política son contundentes. Predomina un escepticismo mayoritario. Lo tildan de “humo”, de “divisivo”, de una “imitación de Bukele sin sustento”. Rechazan su radicalismo y alertan sobre su falta de estructura. Un candidato sin respaldo en el Congreso está condenado a la ingobernabilidad desde el primer día.
¿Puede ganar? El escenario más probable es que no pase de la primera vuelta. Su viabilidad depende de condiciones casi apocalípticas, que el petrismo se radicalice hasta el paroxismo, que logre milagrosamente unificar a una derecha que lo ve con recelo (quizás como vicepresidente de una fórmula más sólida), o que sus contrincantes directos se hundan en un escándalo de corrupción. El riesgo real no es que gane, sino que, al insistir en su campaña, fragmente el voto opositor y, sin quererlo, le allane el camino a una segunda victoria del petrismo o a la llegada de un tercer actor.
Para ser viable, el “tigre” necesitaría una metamorfosis completa; moderar su discurso para pescar en el crucial voto de centro, tejer alianzas con los partidos que hoy mira con desdén y presentar propuestas de gobierno técnicas y detalladas, no solo consignas virales.
Al final, la precandidatura de Abelardo de la Espriella parece menos el rugido de un felino salvaje y más el maullido de un momento de frustración nacional. Muchos colombianos, desesperados, buscan un salvador empaquetado en la estética de los “hombres fuertes” de moda. Pero debemos tener cuidado. Esperamos recibir un Bukele, un líder fuerte y efectivo, y corremos el riesgo de que nos llegue, en un empaque defectuoso, el “Bukele de Temu”: una versión barata, mal hecha y potencialmente peligrosa que, lejos de solucionar los problemas, terminará por dividir aún más a un país que lo que menos necesita es otro experimento radical. La derecha colombiana no necesita un nuevo tigre solitario; necesita una manada unida y estratégica. O al menos, un animal que sepa cazar en equipo, para no seguirnos preguntando si ¿el "tigre" será la solución o la fragmentación?

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