
El pésimo mensaje de Petro a los jóvenes y el desprecio por el mérito
- fernando torres mejia

- 11 sept 2025
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 12 sept 2025
El sueño de cualquier joven ha sido, históricamente, culminar una carrera universitaria. El título profesional representaba el pasaporte a un futuro mejor, la recompensa a años de sacrificio y el reconocimiento a la preparación. Sin embargo, el gobierno de Gustavo Petro está enviando un mensaje devastador y claro: ese esfuerzo es en vano. La meritocracia, ya de por sí frágil, está siendo sistemáticamente desmantelada y reemplazada por un sistema de lealtades políticas que desprecia el conocimiento y la idoneidad.
El “cambio” ha insistido en que los cargos públicos deben ser para “el pueblo”, un eufemismo que esconde la práctica de nombrar a incondicionales en posiciones de altísima responsabilidad, sin importar su preparación, experiencia o, incluso, la veracidad de sus credenciales. Este no es un cambio; es un retroceso que premia la afinidad ideológica por encima de la competencia.
El caso de Juliana Guerrero es el ejemplo más grotesco y simbólico de este desprecio por la formación académica. ¿Cómo explicarle a los más de 300.000 jóvenes que se gradúan anualmente en Colombia qu

e una persona acusada de falsificar su título de Contadora Pública, que no presenta las pruebas Saber Pro, qué no cuenta con la experiencia y cuya hoja de vida está en entredicho, no solo es considerada para un cargo público, sino que es nombrada viceministra de la Igualdad? Este hecho desmorona cualquier discurso sobre la importancia de la educación. Es un acto de profunda irresponsabilidad que trivializa el esfuerzo de miles de familias que invierten todo en la educación de sus hijos.
Pero el problema es estructural y, en muchos casos, parece responder más a un cálculo político de confrontación que a una genuina búsqueda de igualdad. Embajadas, ministerios y empresas del Estado están siendo ocupados por perfiles cuya principal virtud es ser votantes del pacto histórico, no su experticia. Se prioriza la lealtad al “proceso” sobre la capacidad para gestionar complejos sectores como la energía, la economía o las relaciones internacionales, etc.
La estrategia parece tener un doble objetivo: recompensar la lealtad y, de manera simultánea, desafiar abiertamente a sus críticos. Un claro ejemplo es el nombramiento de embajadores en países de habla inglesa que no dominan el idioma. Este requisito no es una elitista formalidad; es una herramienta básica de trabajo para la negociación diplomática, la construcción de alianzas y la representación efectiva de los intereses nacionales. Ignorarlo deliberadamente no es solo una muestra de desprecio por la técnica, sino una arrogante demostración de que las reglas, incluso las más sensatas, no aplican para el “cambio”. Es como si se quisiera enviar el mensaje de que la fidelidad al proyecto político está por encima de cualquier estándar de competencia internacional.
De igual forma, la instrumentalización de las comunidades es otra faceta de esta política confrontativa. El gobierno hace nombramientos de personas de la comunidad LGBTIQ+ que, en lugar de ser celebrados como avances genuinos en inclusión, son percibidos por amplios sectores de la sociedad como actos de provocación. Cuando un nombramiento se hace aparentemente más para irritar a la oposición y marcar una posición ideológica que para reconocer méritos y capacidades, se hace un flaco favor a la misma causa que se dice defender. Se reduce a las personas a su identidad y se les utiliza como instrumentos en una batalla cultural, enviando el mensaje de que son fichas en un tablero político y no profesionales idóneos que merecen su lugar por derecho propio.
El mensaje final es catastrófico y profundamente cínico: para triunfar en la Colombia de Petro, no es necesario estudiar, es necesario militar. Se desincentiva el mérito y se incentiva el amiguismo y la confrontación. ¿Para qué esforzarse en ser el mejor, si el cupo lo obtendrá el más leal, incluso si debe falsear sus credenciales?
Este es el legado que se está construyendo: un país donde la preparación vale menos que un carnet de afiliación y donde el presidente gobierna para su círculo más cercano. Usa los cargos públicos no para mejorar la administración del Estado, sino como herramientas para reafirmar su poder y desafiar a quienes osan cuestionarlo. En conclusión, este es el pésimo mensaje de Petro a los jóvenes y el desprecio por el mérito.

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