El fantasma de Gaitán y la propuesta radical de Santiago Botero
- fernando torres mejia

- 31 ene
- 3 Min. de lectura
Actualizado: 1 feb

En el panorama político colombiano, donde las propuestas a menudo se diluyen en retórica familiar, surge la figura de Santiago Botero con un programa de gobierno que, más que un plan de administración, es un manifiesto de ruptura. Analizar su propuesta no es un ejercicio sobre su viabilidad electoral (es claro que no ganará la contienda), sino una oportunidad para escuchar un diagnóstico crudo y unas posibles curas radicales para males endémicos. Su plan es un espejo incómodo que refleja la profunda frustración ciudadana y un termómetro para medir hasta dónde está dispuesta a llegar la sociedad en su búsqueda de soluciones.
El núcleo duro de la propuesta de Botero golpea dos pilares del malestar nacional: seguridad y corrupción. Con una claridad que raya en la crudeza, plantea medidas de una contundencia extrema. La pena de muerte para corruptos y los bombardeos sin miramientos a campamentos de grupos armados ilegales son postulados que generan un escalofrío inmediato y un debate moral ineludible. Son ideas que surgen de la desesperación ante la impunidad crónica y la violencia persistente. Botero, al mencionarlas, coloca un dedo en la llaga: ¿hasta cuándo la sociedad tolerará que estos flagelos sigan corroyendo el país?
Es crucial subrayar su advertencia: si en esos campamentos hay menores, la responsabilidad recae únicamente en los grupos criminales que los utilizan. Este punto no es un detalle, es el centro de una narrativa que busca redefinir la noción de responsabilidad en el conflicto.
Esta narrativa de limpieza y ruptura no es nueva. Resuena con una frase histórica que aún hoy estremece: “Si el gobierno no combate a los bandoleros, es porque el gobierno es un bandolero también”. La pronunció Jorge Eliécer Gaitán en el Teatro Municipal de Bogotá, un 15 de marzo de 1946. Con ella, Gaitán no solo denunciaba la inacción estatal frente a la violencia, sino que acusaba directamente a las instituciones de complicidad y simbiosis con el crimen. Botero, y figuras contemporáneas como Nayib Bukele (quien ha expresado ideas similares sobre la connivencia entre gobierno y criminalidad), reactivan esta sospecha histórica.
Botero lleva la crítica más lejos, describiendo al Estado mismo como un “parásito” que debe ser reformado de raíz, despojándolo de privilegios corruptos, como el escandaloso control que políticos ejercen sobre hospitales y clínicas para beneficio personal.
Sin embargo, reducir su programa a la mano dura sería injusto. La otra cara de la moneda es una apuesta económica liberal y modernizadora. Propone una reducción de impuestos y un choque de innovación para desatar el potencial productivo, especialmente en el campo. Su plan de emprendimiento es metódico: digitalización agrícola con IA y drones, creación de un Banco del Agro, desarrollo de infraestructura vial, capacitación y, crucialmente, la eliminación de las “trabas burocráticas” que ahogan la iniciativa. Aquí, el Estado “parásito” debe transformarse en un facilitador ágil. Este eje busca convertir a Colombia en un país competitivo, atacando la ineficiencia desde otro flanco.
Entonces, ¿qué nos deja este análisis? El programa de Santiago Botero es un síntoma. Es la cristalización política del hartazgo con un sistema percibido como corrupto, ineficiente y, en el peor de los casos, cómplice. Sus soluciones son polémicas, algunas éticamente cuestionables y de consecuencias impredecibles (¿un bombardeo realmente debilita a estos grupos o siembra más resentimiento y violencia?). Pero su valor reside en forzar una conversación incómoda y necesaria.
La pregunta final que Botero lanza, y que Gaitán insinuó hace décadas, no es solo técnica, es existencial: ¿Está el país listo para un cambio radical? Su propia candidatura, sin perspectivas de victoria, sugiere que el sistema político tradicional aún resiste. Pero el eco que encuentran sus ideas (el odio a la corrupción, la rabia contra la inseguridad, la frustración con la burocracia) indica que el suelo político es fértil para propuestas disruptivas.
Colombia necesita un cambio profundo. El programa de Botero, con todos sus claroscuros, es un ejemplo de cómo se podría intentar. No será él quien lo implemente, pero su fantasma (y el de Gaitán) recorrerá las próximas contiendas electorales, recordándoles a todos que cuando la ciudadanía clama por soluciones y solo encuentra más de lo mismo, eventualmente empieza a escuchar, e incluso a aplaudir, a quienes proponen romper todo. El verdadero riesgo no está en escuchar estas propuestas, sino en ignorar los profundos malestares que las hacen surgir. Si seguimos votando por lo mismo, en el Congreso y en la Presidencia, efectivamente, no pasará nada. Y el precio de esa inmovilidad podría ser, en el futuro, una radicalización aún mayor y de nuevo se diluye “el fantasma de Gaitán y la propuesta radical de Santiago Botero”.
Comentarios