¿El candidato del pasado o el estadista necesario?
- fernando torres mejia

- 18 oct 2025
- 3 Min. de lectura

En el panorama político, pocas son las figuras que generan una división tan clara como la de Germán Vargas. Para muchos de sus seguidores, es el arquetipo del estadista: el más preparado, con un conocimiento profundo del Estado y una hoja de vida que lo avala como la mejor opción técnica y experimentada. Para sus contradictores, es el típico personaje del establishment político, indiferente con un temperamento explosivo que perdió conexión con el ciudadano de a pie. En esta precampaña, su candidatura podría surgir como una sombra inquietante que obliga a preguntarse: ¿Se necesita al técnico riguroso o le temen a su temperamento y carácter recio?
Como vicepresidente del gobierno Santos dejó huellas concretas, particularmente en sectores como:
· Vivienda: Impulsó el programa de Vivienda Gratuita, iniciativa ambiciosa con la que logró entregar techo a familias en situación de pobreza extrema. Ahora bien, como en todo, se presentaron dudas y cuestionamientos, por lo que no estuvo exento de críticas; lo cierto es que entregó miles de viviendas, en un hecho tangible que sus partidarios esgrimen como un logro social contundente.
· Infraestructura: Como gerente de las Autopistas de Cuarta Generación (4G), se catapultó como el "ejecutor" en jefe. Es aquí donde su gestión cobró mayor relevancia. Se caracterizó por su rigor férreo, logró poner en marcha proyectos vitales para la competitividad del país, como las autopistas en el Valle del Cauca, con el objetivo declarado de conectar regiones históricamente aisladas. Gremios económicos y analistas le reconocen un balance positivo, un impulso significativo a un sector clave para el desarrollo.
Este historial es el que alimenta la narrativa de que es "el hombre que no ha sido presidente siendo el más preparado para serlo". Se le describe como un profesional del Estado: firme, riguroso y serio. En un ambiente de división, donde se considera a la "izquierda radical" como una amenaza por parte de algunos, el perfil de "técnico fuerte" aparece como la solución ideal: asegura un manejo correcto y eficaz de la economía y la seguridad.
Sin embargo, la misma virtud que lo define se convierte en su principal debilidad: su temperamento. El incidente del "coscorrón" en las pasadas elecciones, aunque pueda parecer superficial, es sintomático de un problema de fondo. No es el gesto en sí, sino lo que representó: una percepción de arrogancia, de impaciencia y de frialdad que incomodó y fue contraproducente con la búsqueda de la empatía con el electorado. En la política moderna, donde la conexión emocional es un activo invaluable, el carácter de Vargas Lleras ha sido una barrera infranqueable.
A esto se suma, hoy, la incógnita de su salud. Un estado de salud "delicado" es siempre un factor a considerar en la exigente carrera presidencial, y sin duda será escrutado si decide lanzarse.
Germán Vargas Lleras encarna una paradoja. Es, quizás, el candidato con el portafolio de obras y gestión más sólido. Su nombre representa la promesa de orden, ejecución y un muro de contención frente a proyectos políticos que alarman a la derecha. Pero la pregunta del millón es si el país, en su estado de ánimo actual, está dispuesto a perdonar el "coscorrón" y a confiar en un liderazgo que prioriza la eficacia sobre el carisma.
Su candidatura pondría a prueba, no solo su capacidad de unir a una derecha fragmentada, sino también su habilidad, tal vez por primera vez, de mostrar una versión más templada de sí mismo. La decisión final recae en los colombianos: ¿premiarán la preparación técnica y la experiencia de Estado, aun con sus asperezas, o considerarán que su momento político ya es historia? El veredicto en las urnas resolverá el dilema: ¿el estadista necesario o el candidato del pasado?

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