Aliados del silencio, cómplices de la dictadura
- fernando torres mejia

- 10 ene
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La reciente captura de Nicolás Maduro ha destapado un debate necesario sobre lo que realmente significa la soberanía de un pueblo. Durante años, el régimen venezolano se escudó en el concepto de autodeterminación mientras torturaba, reprimía y empobrecía a su propia gente. Cuando las instituciones colapsan, las elecciones son un fraude y la fuerza militar se usa contra los ciudadanos, ¿dónde queda ese derecho a decidir? La respuesta honesta es que lo primero que debe protegerse es la vida y la dignidad humana, incluso si eso implica aceptar la mano de un país amigo que ayuda a recuperar la libertad. Nadie debería tener que vivir bajo una tiranía solo porque, desde fuera, alguien considera que es un “asunto interno”.
La situación venezolana es un espejo crudo. No fue falta de lucha: hubo protestas masivas, denuncias internacionales y sanciones. Pero cuando un gobierno se transforma en una maquinaria criminal, respaldada por fuerzas armadas y grupos paramilitares, la resistencia civil puede llegar a un callejón sin salida y lleno de muerte. En esos casos, la ayuda externa no es injerencia, es solidaridad urgente. Los más de 8 millones de venezolanos que huyeron, los presos políticos, los ejecutados extrajudicialmente, no podían esperar más “diálogos” que solo servían para ganar tiempo al régimen. A veces, restaurar la democracia requiere aliados valientes, no solo discursos.
Es aquí donde la doble moral de algunos líderes políticos queda al descubierto. Mientras Venezuela se desangraba, figuras como Gustavo Petro e Iván Cepeda en Colombia optaron por un silencio cómplice, cuando no por un apoyo directo. Nunca condenaron con firmeza la dictadura de Maduro; al contrario, lo reconocieron como presidente legítimo incluso después de elecciones ampliamente cuestionadas en julio de 2024, y mantuvieron una relación estrecha con su gobierno hasta el punto que se envió un representante a su posesión.
Cepeda llegó a afirmar que “Nicolás Maduro es digno sucesor de Chávez y trabajará por la paz de Colombia”, una declaración que no solo blanqueaba a un régimen represor, sino que ignoraba el sufrimiento del pueblo venezolano. Petro, por su parte, ha utilizado retórica anti intervencionista mientras, irónicamente, se inmiscuía en asuntos internos de otros países. Lo grave no es solo su hipocresía, sino el mensaje que envían: validar a un dictador es traicionar los principios democráticos que dicen defender.
Esta complicidad no es casual. Tanto Petro como Cepeda han buscado capitalizar políticamente la cercanía con el chavismo, ya sea por afinidad ideológica, cálculo estratégico o ambas. Con la marcha que convocaron el pasado miércoles 7 de enero, en la “defensa de la soberanía” tras la captura de Maduro, no estaban defendiendo a Colombia (que nunca ha sido amenazada), sino protegiendo a un aliado político. Mientras los venezolanos sufrían, ellos preferían hablar de no injerencia en lugar de pronunciarse contra la tortura, el hambre y el exilio.
La verdadera soberanía no reside en los gobiernos, sino en los pueblos. Cuando un régimen pierde toda legitimidad y se sostiene por el terror, la comunidad internacional tiene no solo el derecho, sino el deber de actuar. Quienes hoy critican la ayuda externa a Venezuela son los mismos que durante 27 años miraron para otro lado mientras se cometían crímenes de lesa humanidad. Su “defensa de la autodeterminación” suena hueca cuando durante décadas no alzaron la voz por los determinados a silenciar.
Petro y Cepeda tienen derecho a sus posturas, pero la historia los juzgará por haber preferido la convivencia con una dictadura antes que ponerse del lado de las víctimas. Mientras tanto, millones de venezolanos hoy tienen, por primera vez en años, una esperanza real de volver a casa, abrazar a los suyos y reconstruir su país. Esa esperanza no la dio el silencio cómplice, sino la decisión de actuar.
En América Latina no podemos permitir que la retórica vacía y los intereses políticos opaquen un principio fundamental: la libertad y la dignidad humana no son negociables. Quienes callan ante la tiranía se convierten precisamente en aliados del silencio, cómplices de la dictadura.
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